Tamalería La Madrina: cuando un tamal se vuelve puente entre Hidalgo y Brookly
- 22 ene
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En Crown Heights, Brooklyn, existe un tipo de lugar que no solo alimenta: reconcilia. Tamalería La Madrina nació para eso: para que un bocado te devuelva a casa, aunque la casa esté a miles de kilómetros.
La historia comienza lejos de Nueva York, en Hidalgo, México, donde —como en tantos pueblos— la cocina no es “receta”, es herencia. La chef Marisol López cuenta que creció con la idea de que familia y comida eran inseparables; aprendió al lado de su abuela, entre el olor a masa, el chisporroteo de la tortilla recién hecha y la paciencia de los guisos que no se apuran. Ahí se formó su sueño.
De un recuerdo a un proyecto: Milear (2015) y el oficio de empezar de nuevo Migrar no es solo cambiar de ciudad: es reorganizar el corazón. En 2015, Marisol llevó ese sueño “a través de fronteras” y abrió Taquería Milear en Crown Heights junto con Artemio. Su intención era clara: traer recetas, sí, pero sobre todo patrimonio—la cocina de la abuela, las tradiciones familiares y el amor por lo auténtico.
Con el tiempo, Milear se volvió más que un restaurante: un punto de reunión. Llegaban amigos, vecinos y recién llegados a la ciudad buscando calor humano, sabor y algo que se sintiera real. Ellos respondieron con lo esencial: ingredientes frescos, respeto por los “viejos modos” y cocina desde cero.
Y ahí aparece una verdad muy mexicana: cuando llevamos México al mundo, no lo llevamos en discursos; lo llevamos en el comal. En una tortilla a mano, en una salsa que pica como debe, en el gesto de compartir.
“La Madrina”: un nombre, una raíz, una promesa
En 2025, Marisol dio otro paso: Tamalería La Madrina, la realización de una visión que, dice, cargaba desde Hidalgo. Y aquí el nombre no es adorno: “La Madrina” es su apodo; significa “Godmother” (madrina) y funciona como homenaje a esas recetas familiares transmitidas desde su abuela.
En su propia voz, La Madrina no es “solo una tienda”: es un sueño hecho realidad y un puente entre México, la cocina en Brooklyn y cada mesa que alimentan.
El tamal como acto de identidad (y de resistencia cotidiana)
Nueva York es una ciudad donde casi todo está disponible… pero no siempre lo que uno extraña. En un texto sobre la apertura, se cuenta que Artemio y Marisol lamentaban lo difícil que podía ser encontrar tamales “cuando se antojan”, especialmente después del mediodía; por eso quisieron crear un lugar con horario estable y la certeza de que “siempre habrá tamales aquí”.
Y ese detalle importa: la disponibilidad también es cariño. Es decirle a la comunidad migrante (y a quien quiera entenderla): “Aquí no tienes que esperar a que pase un carrito. Aquí hay casa.”
De México a NYC: la escalera invisible del migrante
Otra pieza clave de esta historia es el recorrido de Artemio. Se reporta que llegó a Nueva York desde México en los años noventa buscando trabajo; empezó como lavaplatos y fue subiendo, paso a paso, dentro de la cocina profesional. En un viaje a México conoció a Marisol, quien entonces tenía un puesto de quesadillas. Esa suma de trayectorias —el oficio aprendido en la ciudad y la tradición aprendida en la familia— terminó convirtiéndose en visión compartida.
No es casual que este tipo de historias se repitan en la gastronomía mexicana fuera del país: salimos por necesidad o por sueño, y muchas veces por ambas, y en el camino se aprende a convertir la nostalgia en empresa; la falta, en propuesta; el duelo, en sazón.
Una tamalería “intencionalmente simple”
El concepto se define con una frase que funciona como manifiesto: “intentionally simple and incredibly delicious” (intencionalmente simple e increíblemente delicioso). También se menciona que es un proyecto familiar, con participación de sus hijas en la operación.
Esa simplicidad, en realidad, es sofisticación: porque lo “simple” aquí no significa básico, significa claro. Un tamal bien hecho no necesita disfraz: necesita técnica, insumos, tiempos y memoria.
En su sitio, La Madrina se presenta como un lugar donde cada bocado sabe a hogar, con tamales auténticos y antojitos tradicionales hechos frescos todos los días, además de una idea que atraviesa todo: la comida como memoria, conexión y celebración de comunidad.
Brooklyn como mesa larga: comunidad, tradición y futuro
Tamalería La Madrina está en 735 Nostrand Ave, Brooklyn, NY 11216, y convive a pasos de su “hermana”, Taquería Milear en 752 Nostrand Ave.
Su horario publicado es amplio —todos los días de 8:00 am a 11:00 pm—, como si entendieran que los antojos (y la nostalgia) no siempre llegan a horas convenientes.
En el fondo, este proyecto dice algo profundo sobre nosotros, que México viaja en una hoja de maíz, en una masa batida con paciencia, en un mole que requiere horas, que salir adelante muchas veces implica dejar atrás lo más amado: patria, familia, raíces, y que aun así, se puede vivir “lejos” estando cerca, porque la cultura no se abandona: se cocina.
Marisol lo expresa con gratitud: cada platillo que alguien prueba sostiene más que un negocio; mantiene viva la tradición, alimenta amor y construye comunidad “un tamal, un taco, un recuerdo a la vez.”
En tiempos donde la velocidad lo devora todo, una tamalería puede parecer un gesto pequeño. Pero, en realidad, es una declaración: no venimos a borrarnos; venimos a compartirnos.








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